Actuar juntos. El psicoanálisis en los tiempos del coronavirus / Agir ensemble. La psychanalyse aux temps du coronavirus

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Madelyn RUIZ /

En el marco de la especial coyuntura del confinamiento surgió la propuesta por algunos de nosotros, miembros de la Asociación Psicoanalítica Freud-Lacan de Atenas, de participar voluntariamente como asociación en una iniciativa de escucha analítica, abierta al conjunto de la población. Sin disponer de muchos recursos logísticos para insertarnos en la ya abundante oferta de líneas telefónicas de apoyo psicológico, comprendimos que esta misma circunstancia nos daba una oportunidad singular de proponer un esquema diferente de recepción de llamadas, distribuido por horarios de atención según la disponibilidad de cada colega. La difusión de la iniciativa incluía el nombre y el teléfono de la persona disponible en cada momento. Juzgamos que esto hacía más cercana la experiencia al dispositivo analítico puesto que la persona que llamaba se dirigía a alguien con un nombre y no a un número de cinco cifras. Algo de la transferencia podía movilizarse desde allí y la experiencia lo demostró finalmente. 

El trabajo sobre lo que esta iniciativa nos ha aportado prosigue por algunos de nosotros, orientados por las interrogantes que plantea la cuestión de cómo puede situarse el psicoanálisis y el psicoanalista en su práctica clínica en circunstancias como esta. En el debate que se produjo en el marco de la asociación a propósito de la propuesta, se plantearon dudas, objeciones y reservas sobre si debíamos, como asociación psicoanalítica, implicarnos activamente interviniendo en esta realidad.

En algún momento se planteó que tal iniciativa implicaba una condición profesional que no interesa a los miembros de la asociación en su condición de miembros de una asociación psicoanalítica. Me pregunto: ¿por qué esta escisión entre profesional y miembro de la asociación? En todo caso, sólo de mí puedo hablar. En mi relación al psicoanálisis no difiere el modo en que inscribo mi transferencia de trabajo en la asociación, el modo en que me coloco en mi consulta, en la institución donde trabajo y como ciudadana de esta sociedad. No estoy dividida más allá de la escisión que me constituye como sujeto. Porque no existe pureza del deseo del analista, no existe el analista puro, sino la siempre oportuna contingencia de poder alguien sostener el deseo del analista en el acto. Este deseo es del orden del acto, el acto aclara las cosas.

El deseo del analista tiene que ver con el lugar que ocupa cada uno en una colectividad, en una asociación, cuando consiente en dejarse conducir por el discurso analítico en ese particular lazo social que este discurso establece. Un discurso que no se engaña con identificaciones imaginarias sino las toma en cuenta como obstáculo en el esfuerzo de propiciar un lugar para la unicidad del sujeto. Tiene que ver con el lugar desde el cual puede alguien recibir en su consultorio a un sujeto que quiere comenzar un análisis y a un sujeto que pide ayuda. Porque aquel que pide comenzar un análisis, por una parte, también pide ayuda a través de su síntoma, aun cuando lo plantea de modo diferente; por otra parte, no sabe qué es un análisis ya que no se ha encontrado todavía frente a la interrogante de si quiere verdaderamente eso que desea. Si lo supiera, quizás no lo pediría. Tiene que ver igualmente con el hecho de que un analista no distingue la posición desde la cual recibe a un paciente y a un analizante; él mismo no es una posición sino una función en una cura, la cual sólo es conducida por el propio deseo del sujeto.

Tiene que ver con el lugar desde el cual puede alguien sostener el psicoanálisis inmerso en las adversidades que supone el trabajo en las instituciones. Cuando puede sostener el deseo del analista aún en el caso que no sea bien recibida su práctica clínica en una institución. Esta no se valida sino sólo por los mismos efectos de su acto. Quizás hace falta allí la distancia que recomienda Lacan mantener para que pueda un psicoanalista hacer un buen uso del semblante, con la condición de que sepa bien dónde él se encuentra fuera del semblante. Porque el buen uso del semblante, el cual confluye con el deseo del analista, no se limita sólo a la posición de semblante de objeto que consiente ocupar en la relación analítica con el analizante, sino también fuera del dispositivo analítico, como cuando ejerce su práctica en una institución. En cada caso, se trata de dejar que el otro crea que uno es eso que quiere que uno sea, pero no es así. En el buen uso del semblante puede tratarse a veces de saber que se puede pasar –para quien tenga necesidad de creerlo- por psicoterapeuta, allí donde uno sabe que de esa manera hace lo que hace falta hacer como analista.

En lo que concierne a las objeciones expresadas por el modo de funcionamiento de las  líneas telefónicas en ciertas instituciones es importante hacer una necesaria distinción. Ellas son orientadas frecuentemente por una política que determina el modo de intervención del clínico; se le pide que maneje la llamada de una manera concreta en vías de obtener un supuesto buen objetivo. Esto queda totalmente excluido de una iniciativa orientada por el psicoanálisis. Por lo tanto, no es el dispositivo en sí mismo la causa del problema. No es el dispositivo lo que define el acto, es el acto el que puede reinventar el dispositivo.

En una coyuntura como la de la pandemia, donde se impone la distancia física, se plantea el problema de la presencia del analista en su práctica. ¿Qué quiere decir Lacan cuando habla de esto? ¿Qué nos dice nuestra experiencia clínica al respecto? Tenemos que tener en cuenta que tal vez, tratando de evitar que la dimensión imaginaria determine la cura y negados al reto que supone un nuevo setting del dispositivo como es la sesión telefónica o por internet, podemos caer exactamente en la trampa de lo imaginario porque somos nosotros quien le damos una consistencia en el dispositivo de la cura que no le es esencial. El psicoanálisis a través de aplicaciones electrónicas (Skype, Zoom, Viber, etc.) es un tema que la práctica en las condiciones actuales de escucha nos invita a estudiar y que no se agota fácilmente. Diría que esta experiencia hace evidente que la presencia del analista toma una forma particular allí donde el dispositivo está privado de la mirada y el objeto voz ocupa el lugar que por excelencia tiene en el nivel del objeto. No media nada más y el encuentro que pudiera suceder para el sujeto eleva este objeto en toda su dimensión. El “dígame” convoca el encuentro del sujeto con su propia palabra frente al Otro. ¿Qué puede ser más consustancial al psicoanálisis y más revelador para el sujeto que el hecho de hallarse frente a otro que es sólo y exclusivamente escucha? ¿Qué lo trae más radicalmente ante su propia enunciación que cuando existe la invitación a hablar?

Sobre la urgencia

Entre los diferentes posicionamientos sobre la pertinencia o no de esta iniciativa aparece la referencia a algo del orden de lo urgente que no puede esperar. Hay que actuar ahora. Creo que es punto a examinar más detenidamente. La urgencia en psicoanálisis no es un imperativo a pasar al acto, no es del orden de la impulsividad o de la prisa. Simplemente porque no está guiada por ningún superyó. La urgencia en psicoanálisis es lo real –como nos recordó acertadamente Elda Pouli- y ante lo cual no cede el deseo del analista. El psicoanálisis tiene su propio lugar frente a lo urgente. Es la condición de lo atemporal que Lacan puso en primer lugar para concebir qué es el tiempo en psicoanálisis. En la presente situación no hay ninguna prisa para responder como analistas. Si existiera alguna urgencia sería aquella de la intervención del analista, aunque fuera sólo con su supuesta presencia. Se trata de una intervención cuya pertinencia en tiempo y lugar tiene que ver con la formulación de la interpretación en Lacan: “Es en tanto que una interpretación justa extingue un síntoma que la verdad se especifica por ser poética.”[1] Ahí el tiempo de la interpretación está determinado por el punto exacto donde se encuentran significante y acto para enfrentar lo real como verdad. La poesía es ese punto; ese punto es atemporal y sólo existe en el ahora de la interpretación. Es en ese tiempo que sucede lo urgente que concierne al psicoanálisis y es allí donde hará su propia y particular contribución.

Volvamos al lugar que tiene una asociación psicoanalítica en todo esto. ¿Cómo entender esta escisión entre profesional y miembro de una asociación cuando aceptamos colaborar con una institución y con el trabajo que hace allí un miembro de la asociación para apoyar el programa de formación clínica? ¿A qué supuestas garantías aspiramos para esta formación clínica aun cuando se trate de nuestra práctica en el consultorio? ¿Cómo se concilian la defensa de una supuesta no contaminada posición psicoanalítica y la realidad del sujeto en el lazo social, allí donde sólo puede existir como sujeto y en ningún otro lugar? 

¿Cómo podrá el psicoanálisis finalmente reivindicar en algún momento un lugar “au chef de la politique” si vivimos con el miedo a contaminarlo? Esta contaminación es inevitable, no hay antiséptico para ella, y tampoco es necesario cuando uno sabe que no existe Otro del Otro que garantice que eso que hacemos es lo correcto; cuando puede admitir que no hay otra verdad que ese punto desde el cual logra hacer algo con lo imposible de lo real que encuentra en su práctica.

Está claro que no es un análisis eso que hará el sujeto que se dirige a nosotros en el marco de esta iniciativa. No podemos hablar siquiera de transferencia como proceso esencial que moviliza un análisis. No obstante, independientemente de qué es lo que busca o espera quien llama por teléfono, el psicoanalista, del otro lado, no lo escuchará desde el lugar de la compasión ni de la solidaridad, tampoco desde el lugar de Otro que da recetas y consejos a aplicar para su bien. Un psicoanalista puede escuchar de otro modo. Puede posibilitarle, si está dispuesto a ello, transformar el miedo que hoy de repente lo hace disciplinarse en un consentimiento a la castración.

El sujeto en el encuentro con lo real de la muerte y el aislamiento no puede habitualmente sostenerse como sujeto. Se reduce a una posición de objeto que se asemeja a eso que sucede en la melancolía cuando la sombra del objeto cae sobre el yo. La escucha de un psicoanalista -si sabe incluso desde ese primer momento hacer semblante de objeto- puede probablemente ofrecerle la posibilidad de preguntarse cuál es su lugar de sujeto. Esto será suficiente. En lo adelante deberá elegir qué hacer con su vida, con la castración que ya no puede obviar más desde de la ilusión de la magnificencia del yo. Esta experiencia puede mostrarle el camino hacia un psicoanálisis. Ahí habremos puesto un granito de arena para llevar el psicoanálisis al lugar subversivo para el cual lo inventó Freud.

Madelyn RUIZ
Atenas, 23.04.2020


[1] Lacan, J. Seminario 24. Lo insabido que sabe de la una-equivocación se ampara en la morra. 19.04.1977

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Un commentaire sur “Actuar juntos. El psicoanálisis en los tiempos del coronavirus / Agir ensemble. La psychanalyse aux temps du coronavirus

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  1. Muchas gracias por esta contribución Madelyn Ruiz, cuestiona con acuidad la posición del analista y su compromiso social. Tenemos mucho para discutir y construir juntos por el porvenir del psicoanálisis.

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